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Cuando hablamos de soledad, hablamos de un enemigo temido por todos, aunque generalmente más temido por las personas mayores.

Durante nuestra etapa activa trabajamos, tenemos amistades, salimos, llevamos una vida social muy amena. ¿Qué pasa cuando llega la jubilación? Esa vida activa muchas veces se sigue manteniendo pero se acopla al ritmo de vida al que enfocamos esa nueva situación, aunque muchas veces, el hecho de no tener ya unos horarios fijos como los que teníamos cuando íbamos a trabajar, provoca que la persona mayor cada vez más vaya cayendo en una rutina solitaria, no apeteciendo salir, lo que nos lleva a ir perdiendo de vista las amistades, es decir, nos lleva a una situación de aislamiento social.

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Si bien es cierto que hay personas que buscan la soledad como una forma de recogimiento, de estar consigo mismos, y saben sobrellevar esta situación, hay otras personas, y más en el colectivo de los mayores, para las que esta situación es realmente complicada de asumir. El punto de inflexión más importante de la soledad se produce cuando el cónyuge fallece; es en este momento cuando la soledad cobra más relevancia. Se va la compañía, la afectividad, se va el compañero, el bastón que nos guía a lo largo de la vida y con el que has compartido muchas cosas, tanto a nivel emocional como material, las tareas del hogar, la gestión del tiempo en las actividades… Es en ese momento cuando la persona mayor ha de aprender a gestionar su tiempo. Una buena opción son los hogares de jubilados, donde entran en contacto con actividades que antes no se hubieran imaginado hacer, y donde se crean relaciones sociales que hacen subir la autoestima al sentir que forman parte de algo, de un grupo…

Muchas veces habremos oído que los ancianos que viven en  las residencias geriátricas son buenos candidatos a padecer soledad. En muchos casos la situación es ésa, ya que la llegada a la residencia siempre viene provocada por situaciones externas que han hecho al anciano sentirse desarraigado de sus pertenencias, tener que abandonar su casa, su vida… Pero hay muchos otros casos en los que la situación es todo lo contrario, ya que muchos de los que llegan a las residencias vienen huyendo de la soledad que sentían cuando estaban en casa, apartándose de las obligaciones y las cargas de los hogares que, a ciertas edades, ya se les hacen muy pesadas. En la residencia encuentran gente que ha pasado por su misma situación y ven en los demás un bastón de apoyo que creían que ya no encontrarían. Participan en actividades que fomentan hábitos que habían adquirido de jóvenes, tales como coser, encargarse del huerto… y esto provoca en el anciano una sensación de bienestar que se traduce en un aumento de su autoestima.

Fuente: hola.com, experiencias en Residencia Barcelona

Foto: pixabay.com